La Criatura Maravillosa

Hace eones y eones en un mundo de enormes bellezas y monstruosidades, de las cuales los hijos de los hombres no tienen ya memoria, en tierras de poderosos minotauros y hermosos gigantes, ancestros del Goliat derrotado por el joven salmista.
Habitaba un solitario y sombrío pescador a las orillas del meditabundo mar boreal, y de algunas otras lagunas, destruidas al fin por cataclismos y cometas ancianos, repletos de insectos galácticos y viscosidades cósmicas.
En noches en que no comprendía el ruido sintético que causaban en la cercanía de su lecho glacial: extraños androides anacrónicos, supuestamente provenientes de algún lugar de Egipto… salía bajo plenilunios múltiples, a pasear por paisajes voluptuosos que con la crueldad del tiempo se extinguirían.
Fue una de esas noches, con su barba salvaje goteando agua casi congelada, y los rayos de luna resaltando la vejez y el maltrato de su rostro… cuando a la orilla de una de esas lagunas polares, vio a la criatura más maravillosa y bella que puedan contemplar ojos humanos, paseándose desnuda alrededor de un cometa sumergido en la misma, y supo que era la más asombrosa que vería en toda su vida.
Su melena muerta y multicolor llegaba hasta sus glúteos, su cadera sutilmente afilada y perfecta, elegante y divina en cada trazo de sus labios, sus hombros jóvenes y frágiles… y unos ojos provocativos, de los cuales él nunca pudo nombrar su color, sino comparar con los cielos y los bosques helados, (Pues muchos hombres en ese entonces, aún no conocían el nombre de los colores).
¿Se habrá dado alguna vez a los placeres mundanos?, pensaba el pescador al verla nadar en los profundos abismos. Le parecía algo sagrado, con una forma demasiada virginal para ser tocada sino por el más puro y consagrado de los corazones humanos. El espíritu de la belleza se reflejaba en la silueta y la nariz perfiladísima de aquella mujer, de forma tal, que parecía modelada a mano por un magistral escultor.
De improviso, el cometa comenzó a ascender hacia la bóveda celeste, con ella recostada en alguna parte del mismo…
Se elevaba hacia las estrellas inmemoriales, mientras los peces árticos navegaban inquietos bajo espesas capas de hielo a los pies del pescador; desapareció en un instante de su vista.
Pasó algún lapso de tiempo indefinido…
Y él volvía esa noche sin nada de pesca a su primitivo iglú, a su caverna de hielo, mirando al cielo nocturno y meditativo, sabiendo que nadie le creería esa historia.
- Daniel Gómez